¿Tener o ser?; ésa es la cuestión

Reseña sobre la obra "Tener o ser" de Erich Fromm

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Por: Pbro. Erminio Gómez González 

Todos recordamos la frase que William Shakespeare pone en boca de Hamlet al inicio de la “escena del convento” (acto III, escena 1): “To be, or not to be, that is the question (ser o no ser, ésa es la cuestión)”. Tres siglos después del Hamlet de Shakespeare, nació en Alemania Erich Seligmann Fromm, un muy importante psicólogo y filósofo humanista judío, quien en 1976, cuatro años antes de morir, escribiría la obra Haben oder Sein (Tener o ser). En esta obra, Fromm analiza la situación por la que atraviesan las sociedades occidentales contemporáneas, profundamente marcadas por el consumismo y el materialismo. Haciendo este análisis, Fromm descubre que las nuevas sociedades fueron construyéndose sobre la base de una gran promesa: la promesa de que la felicidad se conseguiría en función de los bienes y pertenencias que todos los individuos pudieran tener. En la introducción de esta obra Fromm escribe:

Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites para todos. La trinidad “producción ilimitada, libertad absoluta y felicidad sin restricciones” formaba el núcleo de una nueva religión: el Progreso, y una nueva Ciudad Terrenal del Progreso remplazaría a la Ciudad de Dios. No es extraño que esta nueva religión infundiera energías, vitalidad y esperanzas a sus creyentes.

Un poco más adelante, Fromm sostiene que esta gran promesa que la era industrial había enarbolado terminó siendo un gran fracaso, y que tal fracaso había ocasionado una especie de trauma en todas las personas que vivían en las sociedades contemporáneas:

La época industrial no ha podido cumplir su gran promesa, y cada vez más personas se dan cuenta de lo siguiente:

  • La satisfacción ilimitada de los deseos no produce bienestar, no es el camino de la felicidad ni aun del placer máximo.
  • El sueño de ser los amos independientes de nuestras vidas terminó cuando empezamos a comprender que todos éramos engranes de una máquina burocrática, y que nuestros pensamientos, sentimientos y gustos los manipulaban el gobierno, los industriales y los medios de comunicación para las masas que ellos controlan.
  • El progreso económico ha seguido limitado a las naciones ricas, y el abismo entre los países ricos y los pobres se agranda.

Según Erich Fromm —como anteriormente lo habíamos notado—, el fracaso de la gran promesa de la época industrial se debió a la aparente verdad, pero real falsedad, de dos de sus principales premisas psicológicas: “1) La meta de la vida es la felicidad; esto es, el máximo de placer, que se define como la satisfacción de todo deseo o necesidad subjetiva que una persona pueda tener (hedonismo radical); 2) El egotismo, el egoísmo y la avaricia, que el sistema necesita fomentar para funcionar, producen armonía y paz”. Sin embargo, el hedonismo radical y el egoísmo exacerbado que definen a las actuales sociedades de consumo terminaron por generar inconscientemente la convicción de que la verdadera esencia del ser es el tener; desde esta perspectiva, el individuo crecía creyendo que uno es lo que tiene y lo que consume, y si uno no tiene nada, uno no es nada. Pero ¿esto es cierto? ¿Los bienes, las pertenencias, las riquezas, nuestra capacidad de consumo es lo que nos define?

Ciertamente, nadie puede negar que las riquezas son también medios útiles para conseguir otros bienes, pero a la vez son inestables; las pueden conseguir también los malvados, por lo que las riquezas no excluyen todos los males. En el ser humano existe un deseo infinito de riquezas, de acumulación, y cuando a este deseo se le da rienda suelta, caemos en la situación que conocemos como “materialismo”. El materialismo provoca un comportamiento no ético, debido a que se postula la validez del deseo del ser humano dirigido solamente a la realidad material, en el interés de lo práctico, lo útil, y, por lo tanto, rechazando cualquier relación que trascienda la historia y el mundo material. Pero ¿estamos condenados al materialismo, o hay para nosotros una alternativa?

Recordando la obra de Erich Fromm, además del tener está el ser, y su característica fundamental consiste en ser activo. Pero ser activos no significa que seamos pragmatistas, que estemos haciendo cosas sólo por hacerlas, sino dar un cauce de expresión a las propias facultades y talentos, potenciando la multiplicidad de dones que poseemos cada uno de nosotros. Ser, en el sentido de ser activo, significa renovarse, crecer, expandirse, amar, trascender la cárcel del propio yo aislado y estar interesado, prestar atención, dar. A diferencia del tener, que encierra al individuo en sí mismo, en la consecución de su propio placer y de su propio bienestar, el ser libera al individuo de su propia prisión egoísta y lo orienta hacia la plenitud, hacia el fin o la perfección del hombre, hacia su auténtica felicidad. La felicidad no es más que la posesión consciente del bien perfecto y pleno, que llena y sacia totalmente el apetito y las tendencias de la naturaleza intelectual. La posesión de ese bien produce el gozo pleno.

En el vaivén del tener, el ser humano se debate entre la depresión y la soledad, entre la angustia y la inautenticidad, al no tener clara su razón de vivir. Y así, extraviado, el ser humano ha terminado por buscar en este mundo sustitutos de Dios, los ídolos del corazón. La humanidad no se resigna a esperar la felicidad en un más allá; necesita también que la felicidad esté presente en un más acá. El ser humano busca el secreto de esta tierra en la técnica, en la ciencia, en las riquezas, pero la tierra también produce abrojos y espinas. Sólo Dios es fundamento de la dignidad humana; él no limita al ser humano, sino que permite su expansión total, su ser máximo y pleno, ya que Él mismo es el ser infinito.

“¿Tener o ser?; ésa es la cuestión”. Ante este dilema shakespeariano el ser humano, desde lo más profundo de su corazón, tiene que hacer un rotundo cambio, debe atreverse a pasar del tener al ser, y este cambio, esta transformación radical se ha vuelto urgente e impostergable.

La necesidad de un profundo cambio humano no sólo es una demanda ética o religiosa, ni sólo una demanda psicológica que impone la naturaleza patógena de nuestro actual carácter social, sino que también es una condición para que sobreviva la especie humana.  Vivir correctamente ya no es sólo una demanda ética o religiosa.  Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano.  Sin embargo, esto sólo será posible hasta el grado en que ocurran grandes cambios sociales y económicos que le den al corazón humano la oportunidad de cambiar y el valor y la visión para lograrlo (Erich Fromm, Tener o ser).