Estamos por finalizar el año litúrgico; la fiesta solemne de Cristo Rey del universo, marca el momento para unir el año que termina y el año litúrgico nuevo.
Esto nos debe llevar a considerar lo que hemos madurado en nuestra fe; es decir cómo ha sido la experiencia de Dios en las actividades y momentos personales o familiares en la fe que hemos vivido.

Por ello, los Evangelios de estos días nos hacen considerar cómo hemos permitido a Dios hacer su obra santificadora en nosotros. Dios ha sembrado, ha estado cercano a nosotros; como Iglesia, hemos puesto múltiples momentos para vivir esta experiencia y obedeciendo a Dios Santo y sabiduría misma; realizarnos en el tiempo que Él nos concede.

Por eso al final del año litúrgico, tras la experiencia del amor divino, proclamamos a Cristo como nuestro único Rey.
El Papa Francisco nos invitó a realizar, el domingo pasado, la primera “Jornada de los Pobres”, en ella ha querido prepararnos para proclamar a Cristo, quien es “el rostro de la misericordia divina”, como Rey en nuestro corazón, nuestra familia y nación.

Es una experiencia de su misericordia la que nos hace ser verdaderamente misericordiosos, por ello, nunca olvidemos a nuestros hermanos pobres; olvidarlos es olvidar el Evangelio.
Terminamos pues este año litúrgico, agradecidos con Dios y buscando que el próximo año litúrgico nos ilumine Cristo Rey y luz del mundo.
¡Viva Cristo Rey! y ¡Santa María de Guadalupe!

¡Qué el Reino de Cristo esté en nosotros!

Con mis oraciones y mi bendición: + Mons. Jorge. C. A.

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