La esperanza, una fuerza futura capaz de transformar nuestro presente

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Uno de los sentimientos más frecuentes que el ser humano experimenta en varios momentos de su vida es el deseo de cambiar las cosas que acontecen en su entorno presente, e incluso cambiarse a sí mismo. Casi nunca las personas están a gusto o conformes con lo que ellas son o con el estado de cosas en el que se encuentran. Se trata de un sentimiento, por lo demás, natural y comprensible, si caemos en la cuenta de que el ser humano es un ser inacabado, un ser en proyecto, un ser que siempre está haciéndose y que su meta está muy por delante de él. El ser humano es un homo viator, un ser que está en camino, un peregrino que va abriéndose camino en la vida y que paso a paso va escribiendo su propia historia.

Una de las tantas formas en que se manifiesta la finitud y la limitación del ser humano es en esa tensión que experimenta entre lo que de hecho es y lo que quiere llegar a ser, en esa discordancia entre lo que quiere sin hacer y lo que hace sin querer, en esa inconformidad entre un presente que lo muestra de tal manera y un futuro escurridizo y que se desvanece sucesivamente. El ser humano experimenta en sí mismo una especie de escisión interna, a veces sentida de manera dolorosa y desgarradora, entre el estado actual ya realizado y el estado deseado que, por una u otra razón, no ha encontrado aún realización. Por otro lado, también hay una especie de escisión externa entre un estado de cosas presente que no siempre funciona bien y un estado de cosas que se desea que acontezcan en un futuro. El ser humano habita un presente que está marcado por la finitud y la limitación, un presente que, inclusive, con frecuencia se torna adverso y hostil para él. En su derredor, el ser humano se topa con situaciones de dolor y sufrimiento, de miseria y precariedad, de injusticia e infelicidad, de desaliento y desesperanza, situaciones muchas de las cuales lo alcanzan, lo envuelven y lo hieren en lo más hondo.

Ahora bien, si el ser humano no tuviera más datos que su precario presente, el futuro deseado se tornaría no más que un sueño desesperado, una aspiración querida pero poco probable, una ilusión en la que se busca al menos un alivio, pero que es poco probable que suceda. Por sí solo, en su condición injusta y miserable, el presente no guarda la posibilidad de un futuro justo y pleno, sino solo la posibilidad de que esa condición marcada por la carencia y la limitación se prolongue y extienda en el tiempo indefinidamente. Pero hay algo más que el ser humano experimenta y que no pertenece al presente vivido, algo que misteriosamente irrumpe en su vida y en su historia y que es capaz de cambiar el curso de las cosas: la esperanza. La esperanza no pertenece al presente ni al pasado, no es un pronóstico ni un cálculo de probabilidades que se elabora a partir de las situaciones actuales; la esperanza proviene de un futuro que, aun cuando no se pueda ver, de alguna manera se anticipa y puede ser experimentado por quienes viven, y a veces sobreviven, el presente. Pero más aún: cuando la esperanza es auténticamente experimentada, ella comunica a quienes la experimentan un aliento, un impulso, una fuerza no solo para seguir viviendo, sino para cambiar el estado de cosas en que viven e, incluso, cambiarse a sí mismos. “La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe salvi, 2).

La esperanza es uno de los componentes fundamentales de la vida cristiana. En las Sagradas Escrituras, por ejemplo, se asociado a la esperanza con la fe y el amor (cf. 1Cor 13,13), y por eso a estos tres constitutivos de la vida cristiana se los considera las virtudes cardinales. Asimismo, desde antiguo, en las primeras comunidades cristianas se consideraba a la esperanza tan cercana a la fe, “hasta el punto de que en muchos pasajes [del Nuevo Testamento] las palabras «fe» y «esperanza» parecen intercambiables” (Spe salvi, 2). El papel de la esperanza en los primeros pasos del cristianismo fue crucial:

El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones. […] Aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida” (Spe salvi, 2).

La vida cristiana es un camino, y, se nos advierte, es un camino angosto (cf. Mt 7,14), un camino difícil, escabroso y lleno de abrojos, pero en este camino “se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Spe salvi, 1). La esperanza irrumpe en cada una de nuestras vidas como un apoyo para recorrer nuestros propios caminos, y, según nuestra fe, esta esperanza viene de Cristo Jesús, el Señor de la vida y de la historia, verdadero guía y pastor.

El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte. Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 23 [22],4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes” (Spe salvi, 6).

La esperanza que viene de Cristo Jesús no es sólo un consuelo ni una especie de analgésico para soportar la realidad presente, ni tampoco un elemento que provoque la resignación pasiva y desalentada; la esperanza anticipa de manera misteriosa una realidad plena, ofrece un impulso vital que nos prepara para esa realidad plena, e, incluso, proporciona una fuerza nueva para cambiar las cosas que deben ser cambiadas, transformar nuestras estructuras, renovar nuestras vidas y convertirnos a nosotros mismos para hacernos más dignos reflejos de Aquél que es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14,6).

Pbro. Erminio Gómez González