La humildad que nos hace humanos

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Por: Pbro. Erminio Gómez González.

En su desafiante Crepúsculo de los ídolos, el filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche asegura de manera provocadora: “El gusano se enrosca cuando le pisan. Esto es una medida inteligente, pues de esa forma reduce las posibilidades de que le vuelvan a pisar. En el lenguaje moral, a eso se le llama humildad”. Esta fórmula del ‘Profeta del nihilismo’ nos ofrece un contraste muy importante para hablar de la humildad, una virtud no siempre bien comprendida incluso por quienes nos consideramos cristianos. Comencemos recordando que en la tradición cristiana la humildad no es tenida por un mecanismo cuasi instintivo de supervivencia ni por una especie de acción estratégicamente calculada marcada por el fatalismo y la resignación; pero, por otro lado, recordemos también que, en la tradición auténticamente cristiana, la humildad tampoco es entendida en un sentido simple y llanamente negativo como bajeza, sumisión o postración. En primer lugar, en el cristianismo la humildad es tenida por una virtud, es decir, por una disposición que nos induce positivamente a actuar según determinados valores y alcanzar, mediante la integridad de espíritu y la bondad de vida, el máximo perfeccionamiento del ser humano. Más particularmente, quiero detenerme en un aspecto del sentido cristiano de esta especialísima virtud, un sentido que, por lo demás, respeta mucho la etimología de la palabra: la palabra ‘humildad’ proviene, en último término de ‘humus’, que significa ‘tierra’, ‘suelo’, ‘terreno’, e inclusive, ‘país’, ‘región’, ‘patria’. Sospecho que la palabra ‘humanidad’ también tiene su raíz última en la palabra ‘humus’, pero, aunque no estoy seguro que sea así en un sentido etimológico —habría que corroborarlo—, en la tradición filosófica y teológica cristiana sí hay una procedencia muy fácil de ver.

Según esta tradición teológica y filosófica, la humildad, implica el conocimiento de la propia condición, del propio origen, de la propia procedencia, de la finitud y de la limitación fundamentales que nos constituyen; es el recuerdo permanente de que, como lo formula el Génesis, “eres polvo y al polvo tornarás” (3,19). En este sentido, la humildad es una virtud realista: ella implica el conocimiento del propio ser y de la propia condición, de las propias limitaciones y de las propias carencias, pero no sólo eso: recordemos que la humildad es una virtud, es decir, que no se resuelve en un mero acto especulativo o de autoconocimiento; la humildad es una disposición que positivamente nos impulsa a actuar, y, en este caso, es una disposición que nos conduce a actuar en consecuencia con lo que conocemos de nosotros mismos, de nuestra frágil y limitada condición. Hasta aquí, sin embargo, hay todavía un dejo de pesimismo y resignación en esta concepción de la humildad que no nos permite decir que se apega a la concepción auténticamente cristiana.

Bueno, añadamos a esta concepción el hecho de que, en eso que el ser humano alcanza a descubrir de sí mismo, nunca experimenta por sí sola a la limitación, como si ésta fuera el único constitutivo de su ser; ciertamente, todos nosotros experimentamos nuestra limitación, pero no la experimentamos a ella sola, sino en una misteriosa tensión con la plenitud. Y en este punto me ayudo de una reflexión que se funda en el pensamiento del Santo Padre Francisco, y que en ocasiones anteriores ya hemos presentado. Dice el Papa Francisco en el número 222 de la Evangelii gaudium que hay

una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Los seres humanos no nos concebimos aprisionados en el límite del aquí y del ahora, sino que misteriosamente siempre nos vemos impulsados hacia un más allá que nos supera pero que nos atrae. El ser humano vive como jalonado por dos principios que conforman conjuntamente su “humus”, su tierra, su procedencia, su condición: por una parte, la limitación que rememora la nada de la que ha salido; por otra, la plenitud del aliento de vida que culminó ese amoroso “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26).

De esta manera, solamente poniendo en primera línea a la humildad cristiana puede llevarse a cabo ese acto profundamente eclesial que es la formación de nuevos cristianos, capaces no sólo de conocer y reconocer su procedencia y condición, sino de amar y estar apegados a su procedencia y condición, fieles a su tierra, a su humus; discípulos sin pretensiones de enaltecimientos o vanaglorias egolátricas, por un lado, y sin minusvaloraciones ni complejos de inferioridad, por el otro, sino discípulos auténticos, transidos de Evangelio y de realidad, a los que nada humano les es ajeno. El itinerario formativo de todo cristiano pone de manifiesto la humildad y sencillez de un camino que encuentra su valor precisamente en ese apego a la tierra, en ese amor al barro del que hemos salido y en esa fidelidad a la naturaleza crística de la vocación a ser reflejo fiel del anonadamiento de Aquél que “se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo [… ,] y [que] apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,7-8).

Situados en un estremecido contexto socio-cultural que no sólo es extraño y distante de aquel régimen de cristiandad que antaño predominaba, sino inclusive marcado por un profundo proceso de descristianización que, en más de un sentido, se ha tornado irreversible, más que la obsesión por recuperar el prestigio, la alcurnia y los privilegios que recuerdan a aquellas sagradas aristocracias altomedievalesas, resulta imprescindible la renovación de la humildad cristiana como forma básica y fundamental de la configuración crística de todo discípulo misionero. Sólo de esta manera, la comunidad eclesial entera podrá llevar adelante, con plena fidelidad evangélica, su vida y su misión, a fin de ofrecer panes partidos para el mundo, en su prolongada espera histórica, a veces marcada por el dolor y el sufrimiento, a veces por la alegría y el regocijo, del advenimiento del Reino de Dios.

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