Reflexión

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Hoy la Iglesia festeja con alegría la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Hace unos días celebramos la fiesta de Navidad, y hoy la palabra de Dios enfoca nuestra atención en aquella humilde familia, de la que Jesús tuvo necesidad para ver la luz del sol y para crecer como hombre.

Dios al realizar sus grandes obras, no recurre a medios espectaculares, se vale de medios típicamente humanos. La salvación de los hombres solo se hace con la colaboración de la misma comunidad humana.

Hoy sucede lo mismo: cada uno de nosotros nace y se educa en una familia.

Y en una familia también crecemos y adquirimos personalidad y capacidad para ser miembros útiles de la comunidad.

Si tratamos de imaginarnos a la Sagrada Familia de Belén, nos imaginaremos una familia normal. No en una familia común y corriente, porque no era común, dado que sus miembros eran nada menos que María, la virgen; José, el varón justo; y Jesús, hijo de Dios y Salvador del mundo. Ni mucho menos, corriente, porque, ni en su pueblo ni en toda la historia, se conoce una familia semejante.

Pero sí, una familia normal. Con la normalidad propia de la santidad, que consiste en hacer con perfección y por amor a Dios, lo que hacen todos.