Como Iglesia, vivimos el gran jubilo de ver la respuesta de dos de nuestros hermanos, que han dicho ¡Sí! al Señor a servir como sus ministros en el orden del diaconado, han dicho ¡Sí! a una vocación específica. Por vocación, vamos a entender primeramente un proyecto de vida. Indica la llamada por parte de Dios, como iniciativa suya, y la respuesta de la persona en un diálogo amoroso de participación corresponsable. Siempre es de iniciativa divina, una interpelación que espera y exige respuesta. Es un acto creativo de Dios, un proyecto personal para el hombre, donde se establece una relación íntima. Dios se pone a la altura del hombre para manifestarle quién es, para darle una visión programática. Esta vocación es un don universal, pues llama a todos los hombres, es un don para una misión concreta. En este caso, Luis Mauricio y Adrián Ulises, han dicho ¡sí! a la misión de colaborar con el Obispo, a colaborar con el alatar, con la proclamación del Evangelio, a la asistencia de los sacramentos del bautismo y del matrimonio, a participar de la oración de la Iglesia, a prestar la caridad de Cristo, a entregar su vida total y eternamente por la causa del Reino de los Cielos.

La Catedral-Basílica ha sido testigo esta consagración especial de nuestros hermanos, bajo la mirada de nuestra Patrona, la Virgen de San Juan, y ha sido por manos de nuestro Obispo Jorge Alberto Cavazos Arizpe, que Dios se ha dignado confirmar la vocación que tiende hacia el sacerdocio ministerial de los ordenados, ahora diáconos, junto con la Familia Seminario, las familias de los ordenados, sus amigos, las personas de diversas comunidades de nuestra diócesis y del Oratorio de San Felipe Neri, a la cual pertenece uno de los ordenados.

El llamado está predestinado desde toda la eternidad: “Antes de la creación del mundo, para que fuésemos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Movimos por el amor, Él nos destinó de antemano, por decisión gratuita de su voluntad” (Ef 1,4-5), “y los que desde el principio destinó también los llamó: a los que llamó, les otorgó la salvación, y los que les otorgó la salvación, les comunicó su gloria” (Rm 8,30). Respondiendo a este llamado, sin duda que, con un corazón generoso, hemos visto la promesa de obediencia, la imposición de las manos, y junto con los santos de la Iglesia triunfante, hemos suplicado a Dios que consagre y bendiga a estos elegidos.

Este fue, y sigue siendo, un motivo de celebración para nosotros. Es la certeza de que Dios sigue llamando a hombres de nuestro tiempo. De entre nuestras familias, el Buen Pastor sigue pidiendo a muchos: “¡Sígueme!”. Esta ordenación es una gran muestra de que al llamado de Dios le corresponde una generosa respuesta a su proyecto, a la esperanza de ver cumplidas las promesas del Señor de no dejarnos sin los ministros que necesitamos. No podemos dejar de pedir al dueño de la mies que siga enviando trabajadores y santos. No podemos dejar de orar por los seminaristas que se forman en nuestro seminario, por los sacerdotes de nuestras comunidades y de la Iglesia universal.

Nos ha dicho el Señor: “Ya no los llamo siervos, los llamo amigos” (Jn 15,15)

Seminario Mayor Diocesano

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